miércoles, 24 de febrero de 2010

La balanza se inclinó de nuevo

Si hay algo que no me envidia ninguna divinidad, esto es sin duda la labor de psicopompo, que últimamente me tiene muy atareado. Y aunque no necesito de dorada rama ni de mitológicas monedas para el esforzado Caronte, nunca me acostumbraré a acompañar a amigos y maestros, como Hans H. Orberg. Mucho ha sido mentada su partida en los mortales blogs, llenos de reconocimiento y cariño, de latinas lágrimas y flores, pero deberíais haber visto cómo se le iluminaba el espíritu al escuchar el colloquium secundum en boca de unos discipuli, que poco tiempo ha habían realizado la depositio barbae. Maravilloso ver cómo asentía quedamente al escuchar al profesor Aloisius Miraglia in oppido Priego, cómo esbozaba una sonrisa ante las palabras de Matthew Keil, para después recomendarme a estos sagaces detectives latinos. Nunca había tardado tanto en cruzar la Estige, pues tenía embelesado al barquero con cuatro dibujos de la Odisea
Ahora, permitidme alzar mi cetro y como heraldo alabar a toda la gens classica, que, pese a los cardos borriqueros que intentan invadir los apicianos huertos como una mala hierba oriental, ni mengua ni desfallece en su empeño. No le hacen falta a Chiron en Logroño ni los encantamientos potterianos ni nada que enmascare la realidad. El entusiasmo de los clásicos no discurre por acueductos ocultos, sino que se muestra esplendido como un verdadero campeón o un arqueólogo enamorado. Hubo quienes abrieron el camino, hagámoslo más grande y más transitado. Es el mejor homenaje que hacer se puede a quienes ahora súbditos son de Perséfone…
Y tú, ¿has olvidado inscribir a tus discipuli discipulaeque en los “Ludi Saguntini 2010”? Apresúrate, pues ya sabes lo raudas que son las Horas cuando de venir a Saguntum se trata.
Usque ad semper, magister.

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